lunes, 3 de noviembre de 2008

LA GUERRA CON LA PELOTA

2 de Abril, fecha clave. Dos países conmocionados, luchando por sus ideales, por sus pertenencias. Un territorio es lo que está en juego, o dos: las Islas Malvinas, ubicadas al sudeste de la Argentina. Tierra que legítimamente debe pertenecer al país latinoamericano por su historia y cercanía geográfica. Pero que, indudablemente Gran Bretaña las tomó como propias.
Batalla sin fin, sin acuerdo. Ni siquiera la Iglesia podía solucionar este problema político y territorial. De los suburbios, una cabeza lúcida con una idea un tanto utópica pero pareja, quería lograr el fin de este inconveniente bélico. Claro, si las dos naciones lo deseaban: un partido de Fútbol. ¿Y por qué no? Si es el deporte más popular a nivel mundial, que fue creado por los propios ingleses y que tan bien se juega del otro lado del océano Atlántico. Sin armas, sin sangre, sin violencia mortífera. Sería el eje clave para dar con la solución histórica que tantos inconvenientes demanda entre ambos países.
Las armas se transformarían en las piernas de los jugadores
Las balas serían los tapones incrustados en los muslos de los rivales
La bomba que se dirige de lado a lado sería la pelota
El campo de batalla sería la cancha
Los Tenientes generales de cada escuadrón serían los Dt’s de ambos equipos
El pueblo apoyando a los suyos, serían las hinchadas.
El momento había llegado e iba a ser recordado por el resto de los días entre los dos países. El encuentro no contaba con muchos hinchas, por la ubicación elegida: las mismas Islas Malvinas (Argentina) o Falklands (Inglaterra). De todos modos, se podía visualizar unas pancartas pobretonas pero repletas de cariño, por el lado argentino: las cartulinas de color celeste esbozaban frases como “vamos muchachos” o “demuéstrenles que los argentinos somos puro huevo” o “Fuckland” (si bien el inglés no estaba muy difundido, las malas palabras se aprenden rápido). En el otro sector lo que más sobresaltaba eran las banderas con el escudo de su país. Las retinas de los millones de argentinos y de ingleses estaban listas para “sufrir” - son muy pocos los casos en los que un partido no se disfruta, como este en el cual hay un territorio (con afecto de por medio) en juego-. Relojes en cero y pitada inicial- cabe aclarar que el árbitro provenía de un país neutral-.
Por un lado los creadores del fútbol, quién más que ellos para demostrar como se baila en la pista de césped. Por el otro, el alumno- que en la mayoría de los casos supera al maestro- que tiene un elemento adicional: el Potrero- esa bendición que sólo las canchas argentinas pueden proporcionar- bien conocedor de cada rincón del campo de juego y con la pelota atada a sus pies demuestra por qué la carne argentina es de exportación: un poco de gambeta y picardía hacen a la diferencia. Los dos equipos debían estar conformados por hombres- en la Argentina los soldados tenían 20 años promedio- que habían sido llamados a la guerra. De este modo el fútbol sería más parejo. Lo que los ingleses no sabían era que El Pelusa, aquel pequeño hombre- que con casco y todo no alcanzaba el metro setenta, menos que menos era posible imaginárselo cargando un arma- iba a dar que hablar.
Comenzó siendo un partido cerrado, tenso, de esos que se van a resolver por medio de penales (aunque ninguno quería llegar a tal circunstancia, donde la adrenalina se potencia y la presión se engrandece). Con un medio campo muy “aguerrido” por parte de los argentinos que le impedían la llegada a los gigantes del equipo rival. El encuentro se basaba en un ida y vuelta, pero de un momento a otro, la pelota se vio poseída por aquel chiquilín desconocido que hacía arte de magia con sus piernas, que asombrosamente- mejor dicho mounstrosamente- gambeteó desde los suburbios hasta el fondo de los contrincantes a seis jugadores y transformó a la esférica en gol. A partir de ahí comenzó la cuenta regresiva en treinta minutos para que los ingleses pudieran alimentar las esperanzas de hacer propias esas tierras lejanas. La oportunidad brotó gracias a un cabezazo de un defensor central luego de un tiro libre a unos metros del área grande- cuestionado por muchos-. El encuentro marcaba uno a uno y el reloj del árbitro indicaba 73 minutos de juego. Restaban 17 para definir la pertenencia de 12.173 km2 de tierra. Los aires estaban más que caldeados, las chispas que se sacaban eran como un sin fin de fuegos artificiales. Aquel autor del primer gol- era tan veloz que casi ni se le notaba el número 10 en su espalda- no se despegaba del balón: luego de un avance crucial de los argentinos, la pelota fue- o intentó ser- rechazada por un defensor inglés quién erróneamente la hizo volver a su área donde comenzó a ser disputada entre el arquero y el imparable jugador sudamericano quién levantó su puño izquierdo impactando el balón y convirtiéndolo en gol. En EL GOL del triunfo. El gran héroe de la noche mientras festejaba con sus dos brazos en alza gritó: “yo no la toqué, fue la mano de Dios que jugaba para nuestro equipo”.
Y sí, las Malvinas son argentinas. Diego Armando Maradona, también.


Yanina Carrieri.

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